El Jugador

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No quise entender la pregunta.

—¿Resulta distraído hablar con ella? ¿Comprende el ruso? En Moscú, Des Grieux lo chapurreaba bastante mal.

Le expliqué que la señorita de Cominges no había estado nunca en Rusia.

—“Bonjour” —dijo la abuela, encarándose bruscamente con la señorita Blanche.

—“Bonjour, madame”.

Y la señorita Blanche hizo una ceremoniosa reverencia, marcando bajo el velo de una extremada cortesía su estupefacción ante unos modales tan extraños.

—¡Oh, baja los ojos, se hace la tímida!… Se conoce al pájaro por su manera de volar. Debe ser una comedianta… Me alojo en este hotel, justamente en el primer piso —continuó, dirigiéndose al general—. Seremos vecinos. ¿No te alegras?

—¡Oh, tiíta! Crea en mis sinceros sentimientos… de satisfacción—replicó el general. Este se había tranquilizado ya hasta cierto punto, y como, cuando llegaba la ocasión sabía hablar con facilidad pasmosa, se puso en seguida a perorar afectadamente.

—Estábamos tan alarmados… tan consternados por las malas noticias que temíamos acerca de su salud… Recibíamos telegramas tan inquietantes… Y de pronto.


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