El Jugador

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—He aquí, al menos, una pregunta sensata. Los demás se limitan a exclamar: ¡Oh! y ¡Ah! Bueno, escucha. Pasaba el tiempo en la cama, el tratamiento se eternizaba, envié a paseo a los médicos e hice venir al bedel de San Nicolás, el cual había curado de la misma enfermedad a una mujer con harina de heno. Bueno; pues este remedio me dio buen resultado. Al cabo de tres días sudaba abundantemente y me levanté. Luego, mis médicos alemanes se reunieron de nuevo, se pusieron las gafas y deliberaron:

“La estancia en un balneario con tratamiento apropiado haría desaparecer la obstrucción. “ ¿Por qué no?, pensé. Los Duorzaivguine lanzaron suspiros: “¡ Qué idea irte tan lejos!” ¿Qué os parece eso? En veinticuatro horas, mis preparativos de viaje estaban hechos y el viernes de la semana pasada tomé a mi camarera, luego Potapytch, luego a Fiodor, mi criado, del que me separé en Berlín, pues me era inútil y hubiera podido ya viajar sola. Tomé un departamento reservado. Hay factores en todas las estaciones que, por veinte kopeks, os llevan a donde queréis… ¡Qué habitación! —terminó diciendo, mientras miraba en torno—. ¿De dónde sacas el dinero, amigo mío? Porque toda tu hacienda está hipotecada. ¡Sólo a este franchute le debes una buena suma! ¡Lo sé todo, todo!


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