El Jugador

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—Tía… —comenzó diciendo, confuso, el general—. Creo no tener ya necesidad de tutela. Además, mis gastos no rebasan mis recursos, y aquí…

—¿No los rebasan? ¡Vamos! ¡Seguramente has desvalijado a los niños, tú, su tutor!

—Después de eso, después de esas palabras, —replicó el general, indignado—ya no sé…

—¡No sabes! Dime, ¿no has dejado la ruleta? Estás exhausto, ¿verdad?

El general estaba tan consternado que, bajo el peso de la emoción, apenas podía hablar.

—¡La ruleta! ¡Yo! En mi situación… ¿Yo? Tranquilícese, tía, usted debe estar todavía enferma…

—¡Cállate! ¡No haces más que mentir… ! Pero hoy mismo he de ver yo qué es eso de la ruleta… Veamos, Praskovia, cuéntame, dime lo que hay que ver aquí. Alexei me lo enseñará, y tú, Potapytch, toma nota de los lugares adonde se puede ir. ¿Qué se puede visitar aquí?—preguntó de nuevo a Paulina.

—Cerca de aquí están las ruinas de un castillo y, además, el Schlangenberg.

—¿Qué es el Schlangenberg? ¿Un bosque?

—No; no es un bosque; es una montaña; hay allí una “punta”.

—¿Qué es eso de “la punta”?


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