El Jugador
El Jugador —¡Casi nada, ocho mil rublos! ¡Pero, quĂ© hacĂ©is aquĂ, pegados como si fueseis moluscos! Potapytch, Marta, ÂżhabĂ©is visto?
—Nuestra buena señora, Âżes posible? ¡Ocho mil rublos! —exclamĂł Marta, dando muestras de alegrĂa.
Vaya, tomad cinco federicos para cada uno de vosotros.
Potapytch y Marta se apresuraron a besarle las manos.
—Y a cada portador de mi silla, un federico. Dales uno a cada uno, Alexei Ivanovitch. ¿Por qué me saluda ese lacayo? ¿Y ese otro también? ¿Me felicitan? Pues dales un federico a cada uno…
—“Madame la princese… Un pauvre expatrié… Malheurs continuels… Les princes russes sont si gĂ©nereux…” —implorĂł, cerca del sillĂłn, un individuo de raĂda levita, chaleco de colorines, largos bigotes, que sonreĂa obsequioso con la gorra en la mano.
—Dale tambiĂ©n un federico. No, dale dos. Basta, si no, no acabarĂamos nunca. ¡Conducidme!… Praskovia —se volviĂł hacia Paulina Alexandrovna—, te comprarĂ© mañana tela para un vestido, y a esta señorita… señorita Blanche, segĂşn creo, tambiĂ©n le comprarĂ© otro. ¡TradĂşceselo, Praskovia!