El Jugador
El Jugador La señorita de Cominges y yo le suplicamos, usted comprende, lo espero —imploraba, mostrándome con la mirada a la señorita Blanche.
Daba pena verle.
De pronto se dejaron oír tres golpecitos discretos en la puerta. Era un mozo. Potapytch se hallaba a algunos pasos tras él. Venía, según manifestó, de parte de la abuela, con orden de buscarme y de llevarme inmediatamente a su presencia.
—¡Pero si no son más que las tres y media!
—La señora no ha podido dormir, se agitaba incesantemente. De pronto ha pedido su sillón y ha dicho que fuésemos a buscarle a usted. Está ya abajo…
—“¡Quelle megère!” —exclamó Des Grieux.
En efecto, la abuela estaba ya en el vestíbulo, exasperada por no encontrarme allí. No había tenido paciencia de esperar hasta las cuatro.
—¡Vamos, en marcha! —dijo.
Y nos dirigimos hacia la sala de juego.