El Jugador
El Jugador Me propusieron un cambio tan desventajoso que no me atrevà a aceptar y volvà para pedir instrucciones a la abuela.
—¡Ah! ¡Bandidos! —exclamó, juntando las manos—. ¡Cambia de todos modos!… Un instante. ¡Tráeme al banquero!
—¿Alguno de los empleados, abuela?
—Bien, un empleado. Es igual. ¡Bandidos!
Un empleado consintió en salir, al enterarse de que se trataba de una anciana condesa impedida. La abuela le reprochó con vehemencia su mala fe en una mezcla de ruso, de francés y de alemán, mientras que yo hacÃa el oficio de intérprete. El empleado, muy grave, nos miraba en silencio y se encogÃa de hombros. Examinaba a la abuela con una curiosidad excesiva que bordeaba la groserÃa. Luego comenzó a sonreÃr.
—¡Bien, sea! ¡Ahógate con mi dinero! —gritó la abuela—. Cambia, Alexei Ivanovitch, se hace tarde, si no irÃamos a otro…
El empleado dijo que en otra casa todavÃa nos darÃan menos.
No recuerdo exactamente el cambio, pero era verdaderamente ruinoso. Cobré doce mil florines en oro y billetes, tomé la nota y se lo llevé todo a la abuela.