El Jugador
El Jugador —¡Vamos! ¡Vamos! Es inútil contar —dijo ella gesticulando—. ¡De prisa! ¡De prisa! jamás en la vida volveré a poner en ese maldito cero y en ese rojo —profirió al acercarse al casino.
Esta vez toda mi elocuencia para hacerle ver que sólo debÃa arriesgar pequeñas sumas, asegurándole que cuando volviese una racha de suerte se podrÃa aprovechar. Al principio ella consintió, pero era tal su impaciencia que no habÃa manera de retenerla durante el juego. Cuando habÃa ganado dos posturas de diez o veinte federicos: —¡Ya lo ves! ¡Ya lo ves! —decÃa—. Hemos ganado. Si hubiese habido cuatro mil florines en lugar de diez habrÃamos ganado cuatro mil florines en lugar de… ¡tú tienes la culpa!
Y a pesar del enojo que me causaba su modo de jugar, resolvà callarme y no darle más consejos inútiles.
De pronto acudió Des Grieux. Los tres estaban en torno. Observé que la señorita Blanche se mantenÃa aparte con su madre y charlaba con el pequeño prÃncipe. El general estaba visiblemente en desgracia, casi desterrado. La señorita Blanche ni se dignaba mirarle, a pesar deque él rondaba a su alrededor. ¡Pobre general! PalidecÃa y luego se ponÃa sofocado; temblaba y ni siquiera podÃa seguir las jugadas de la abuela.