El Jugador
El Jugador Aunque, por lo demás, tal vez me detenga en algún sitio si recapacito, lo más exactamente posible, en todo lo que me ha ocurrido durante este mes. Siento de nuevo necesidad de escribir, pues muchas veces mis veladas vacÃas son interminables. Cosa extraña. Para matar el tiempo, no importa cómo, entro en un deplorable gabinete de lectura para tomar las novelas de Paul de Kock —traducidas al alemán—, que me fastidian, pero que leo, con gran asombro de mi parte. Se dirÃa que temo que se rompa el encanto del pasado a causa de una lectura o por una ocupación seria. Ese sueño tumultuoso y las impresiones que de él subsisten me son tan queridas que temo que el contacto de las cosas nuevas lo haga desvanecer. Si todo esto me es querido, seguramente de aquà a cuarenta años me acordaré todavÃa… Tomo, pues, la pluma. Puedo ahora narrar ciertas cosas más brevemente. Las impresiones no son en modo alguno las mismas…
Ante todo terminaremos de hablar de las aventuras de la abuela.
Al dÃa siguiente perdió hasta el último céntimo. No tenÃa más remedio que ser asÃ. Una vez en ese camino las gentes como ella van rodando, cada vez más rápidamente, como un trineo por una pendiente nevada. Estuvo jugando durante todo el dÃa, hasta las ocho de la noche. Yo no me hallaba presente y lo sé por lo que oà decir.