El Jugador
El Jugador Potapytch permaneció todo aquel tiempo a su lado, en el casino. Los polacos que asesoraban el juego de la abuela fueron relevados varias veces. Comenzó la abuela por despedir a aquel a quien la víspera había tirado de los pelos y tomó otro que demostró ser casi peor. Arrojó al segundo polaco para volver a tomar al primero, que no se había marchado a pesar de su mala suerte y no había cesado de rondar tras el sillón de lapavi. Entonces la abuela cayó en una verdadera desesperación. El segundo polaco despedido no quería marcharse a ningún precio. Uno se instaló a la derecha y otro a la izquierda.
Todo el tiempo discutían respecto a las posturas y a las jugadas, tratándose mutuamente de ladjak —canalla— y otras amabilidades polacas, después de lo cual se reconciliaban, tiraban el dinero al tuntún, maniobraban de cualquier manera. Durante sus peleas cada uno jugaba por su parte, el uno sobre el rouge y el otro sobre el noir.
Marearon de tal modo a la abuela y la desalentaron hasta tal punto, que ella imploró, casi con lágrimas en los ojos, la protección del croupier mayor. Efectivamente, en seguida los echaron, a pesar de sus gritos y de sus protestas. Hablaban los dos a la vez, pretendiendo que la abuela les había engañado y se había mostrado desleal con ellos.