El Jugador
El Jugador El desgraciado Potapytch me contó todo esto la misma noche, llorando sin consuelo y renegando de que aquellos canallas se hubiesen llenado los bolsillos. Les había visto maniobrar y robar descaradamente.
Uno de ellos, por ejemplo, pedía a la abuela cinco federicos por su trabajo y los ponía a la ruleta al lado de la postura de la vieja señora. Si ganaba, gritaba que la ganancia le pertenecía, mientras que la abuela había perdido. Luego que los echaron, Potapytch salió tras ellos, denunció que llevaban los bolsillos llenos de oro. La abuela rogó al croupier que adoptase las medidas oportunas, y, a pesar de los clamores de los dos bribones (exactamente como dos gatos cogidos por las patas), se presentó la policía, qué vació el contenido de sus bolsillos para entregarlo a la abuela.
Mientras tuvo dinero para perder la anciana, se impuso visiblemente a los croupiers y a la dirección del casino. Poco a poco su fama se difundió por toda la ciudad. Los bañistas de todos los países, sin distinción de rango, afluían para contemplar “une vieille comtesserusse, tombée en enfance” que había perdido ya “varios millones”.