El Jugador
El Jugador Pero la abuela ganó muy poco con que la librasen de los dos polacos. En su lugar acudió un tercero a ofrecer inmediatamente sus servicios. Esta hablaba perfectamente el ruso y parecía un lacayo vestido de señor. Tenía grandes bigotes y mucho amor propio. El también “se arrastraba a los pies de la pani”, pero se mostraba arrogante con los que le rodeaban, mandaba como un déspota. En una palabra, se afirmó no como el servidor, sino como el tirano de la abuela. En todo momento, a cada jugada, se dirigía a la abuela y juraba por todos los dioses que era un panz honorem —un hombre honrado— y que no cogería un solo kopek. A fuerza de oírle repetir estos juramentos la abuela acabó por tenerle miedo.
Pero como aquel panz, efectivamente, pareció al principio modificar su juego, dudaba en prescindir de él.
Al cabo de una hora, los dos polacos expulsados del casino volvieron a aparecer detrás del sillón de la abuela, ofreciendo de nuevo sus servicios, aunque no fuese más que para encargos. Potapytch juraba que el panz honorem les había guiñado el ojo e incluso entregado algo.