El Jugador

El Jugador

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Corno la abuela no había comido y no abandonaba su sillón, uno de los polacos pudo serle útil. Corrió al buffet para buscar una taza de caldo, luego otra de té. Pero al fin de la jornada, cuando ya era evidente que estaba perdiendo sus últimos billetes de banco, estaban detrás de su sillón hasta seis polacos que habían salido no se sabe de dónde. La abuela veía cómo se le escapaban las últimas monedas y ellos, sin escucharla ni hacerla caso, se inclinaban sobre la mesa, por encima de su cabeza, cogían el dinero ellos mismos, daban órdenes, jugaban, disputaban y trataban de tú por tú al panz honorem, que se había olvidado casi de la existencia de la anciana señora.

Y cuando la abuela, ya despojada de cuanto tenía, volvió a las ocho de la noche al hotel, tres o cuatro polacos no se decidían a abandonarla. Corrían a derecha e izquierda del sillón, vociferaban, aseguraban, con volubilidad, que ella les había engañado y les debía una compensación. Llegaron hasta la puerta del hotel, de donde los echaron a empujones. Según los cálculos de Potapytch, la abuela perdió en aquel día noventa mil rubios, sin contar el dinero perdido la víspera. Todos sus valores —obligaciones al cinco por ciento, rentas del Estado, acciones— desaparecieron unos tras otros.


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