El Jugador
El Jugador Me causaba extrañeza que se hubiese podido mantener firme en el sillón ocho horas seguidas. Pero, según Potapytch, había realizado grandes ganancias y entonces se abandonaba a una nueva esperanza que impedía que se marchase. Por otra parte, los jugadores saben perfectamente que se puede estar sentado veinticuatro horas seguidas jugando a las cartas sin desviar la mirada ni a la derecha ni a la izquierda. Aquel mismo día pasaron igualmente en nuestro hotel cosas decisivas.
Poco antes de las once de la mañana, cuando aún la abuela estaba en su cuarto, el general y Des Grieux resolvieron intentar un último esfuerzo. Habiéndose enterado de que, lejos de marcharse, había vuelto al casino, fueron a verla para discutir definitivamente e incluso “francamente”. El general que temblaba y desfallecía ante la perspectiva de las funestas consecuencias que podían resultar para él, perdió los estribos; después de haber suplicado durante media hora y de haberlo confesado todo, es decir, sus deudas y hasta su pasión por la señorita Blanche —estaba completamente loco tomó de pronto un tono amenazador y comenzó a reñir a la abuela. Ella deshonraba su nombre, se convertía en la causa de un escándalo en toda la ciudad y, en fin… en fin…
—Desacredita usted el nombre de Rusia, señora —clamó el general—, ¡y aquí hay policía para eso!