El Jugador
El Jugador Esta pequeña catástrofe ocurrió por la noche. Se descubrió que el príncipe era más pobre que una rata y que incluso se proponía pedirle prestado dinero contra un pagaré para poder jugar a la ruleta. Blanche, indignada, lo echó de su lado y fue a encerrarse en sus habitaciones.
En la mañana de aquel mismo día fui a casa de Mr. Astley, o más bien le busqué durante varias horas sin poder encontrarle ni en el casino ni en el parque. Ese día no comía en su hotel. A las cinco vi casualmente que salía de la estación y se dirigía al Hôtel d'Angleterre. Iba de prisa y no parecía muy preocupado, aunque hubiera sido difícil discernir en su rostro expresión alguna. Me tendió alegremente la mano con su exclamación habitual: “¡ Ah!”, pero continuó andando con paso rápido.
Le acompañé, pero me recibió de tal modo que no pude preguntarle nada. Además, me repugnaba mucho hablar de Paulina. El mismo tampoco me preguntó por ella. Le hablé de la abuela; me escuchó con atención, y luego se encogió de hombros.
—¡Lo perderá todo! —insinué.
—¡Oh, sí! —contestó él—. Se disponía a jugar cuando me marché. Ya sabía que perdería. Si tengo tiempo iré a verla al casino, pues es cosa muy curiosa.