El Jugador

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A todo esto, la aventura habíase ya difundido y constituía la comidilla de todo el hotel. En el quiosco del portero y en la oficina del oberkellner, se murmuraba que la Fräulein, a las seis de la mañana, había salido, a pesar de la lluvia, en dirección al Hotel de Inglaterra. Sin embargo, por las reticencias de los criados, comprendí que no ignoraban que había pasado la noche en mi habitación. Por otra parte, ya se murmuraba de toda la familia del general. De él se sabía que la víspera había perdido el juicio y no hacía más que gemir; decían, además, que la abuela era su propia madre, venida de Rusia para oponerse al matrimonio de su hijo con la señorita Blanche de Cominges y desheredarlo en caso de desobediencia. Como no quiso someterse, la condesa, ante sus propios ojos, se había arruinado, adrede, jugando a la ruleta para no dejarle un sólo céntimo. Diese Russen! (¡Esos rusos!), repetía el oberkellner, moviendo la cabeza. Los otros reían. El oberkellner preparaba la nota. Mis ganancias en el juego eran también conocidas. Carlos, el camarero de mi piso, fue el primero en felicitarme. Pero todo eso no me importaba. Corrí al Hotel de Inglaterra.

Era aún muy temprano. Mr. Astley no recibía a nadie; pero, al enterarse de mi llegada, salió al pasillo y se detuvo ante mí. Me miró fijamente y esperó que la hablase. Le pregunté por Paulina.


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