El Jugador
El Jugador Al entrar en mi habitación estaba yo poseído de vértigo. ¡No era culpa mía si la señorita Paulina me había tirado a la cara un fajo de billetes y había preferido, desde la víspera, a Mr. Astley! Algunos de esos billetes yacían todavía en el suelo. Los recogí. En aquel instante la puerta se abrió. El oberkellner en persona, que antes ni siquiera se dignaba mirarme, venía a ofrecerme el instalarme en el primer piso, en las soberbias habitaciones ocupadas por el conde B.
Permanecí inmóvil, reflexionando.
—¡La nota! —exclamé al fin—. Me marcho dentro de diez minutos. “¡ A París, a París! —pensé—. Sin duda, estaba escrito”