El Jugador

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Un cuarto de hora después nos encontrábamos, en efecto, los tres, la señorita Blanche, la señora viuda de Cominges y yo, en un vagón reservado. La señorita Blanche reía a carcajadas al verme, casi atacada de histerismo. La viuda de Cominges le hacía eco. No diré que estuviese yo alegre. Mi vida se partía en dos. Pero desde la víspera, estaba dispuesto a arriesgarlo todo. Quizás el dinero me producía vértigo. Peut-être je ne demandais pas mieux. Tenía la impresión de que, por corto tiempo —solamente por algún tiempo— cambiaba el rumbo de mi vida. “Pero dentro de un mes estaré de vuelta y entonces… y entonces nos veremos las caras, Mr. Astley.” Sí, por lo que puedo ahora recordar tenía el corazón triste, por más que riese a porfía con aquella loca de Blanche.

—¿Qué quieres? ¡Qué tonto eres! ¡Oh, qué tonto! —exclamaba la señorita Blanche, cesando de reír para reñirme seriamente—. Sí, nos comeremos tus doscientos mil francos, mais tu seras heureux comme un petit roi. Te haré yo misma el nudo de la corbata y te pondré en relación con Hortensia. Y cuando nos lo hayamos gastado todo, volverás aquí y harás saltar otra vez la banca. ¿Qué te dijeron aquellos judíos? Lo esencial… es la audacia. A ti no te falta y me traerás más de una vez dinero a París.

Quant a moi, je veux cinquante mille francs de rente, y entonces …


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