El Jugador

El Jugador

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—Veamos, ¿para qué necesitas dinero? —me decía, ingenuamente.

Yo no discutía. Nunca reñía con ella.

En cambio, con mi dinero arregló su piso con gran lujo. Y cuando me llevó al nuevo domicilio, dijo, enseñándome las habitaciones:

—Para que veas lo que, con gusto y economía, se puede conseguir; con poco dinero, con una miseria.

¡Una miseria que se eleva, no obstante, a cincuenta mil francos! Los otros cincuenta mil sirvieron para comprar coche y caballos. Dimos dos bailes, es decir, dos veladas, a las cuales vinieron Hortense, Lisette et Cléopatre, mujeres notables desde muchos puntos de vista, e incluso bonitas. Por dos veces tuve que desempeñar el papel absurdo de dueño de la casa, acoger y distraer a tenderos enriquecidos, obtusos e insoportables por su ignorancia y desvergüenza, a diferentes militares, escritorzuelos vestidos con fracs de moda, guantes de gamuza, con un amor propio y una envidia de la que no tenemos idea en Petersburgo, y ya es mucho decir. Tuvieron la idea de burlarse de mí, pero yo me emborraché de champaña y me tumbé en una habitación vecina.

Todo esto me resultaba sumamente desagradable.


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