El Jugador
El Jugador —¡Cuéntaselo a otro! ¿Y Alberto, aquel oficialillo mustio? ¿Te figuras que no lo vi?
—Oh, oh, mais tu es…
—¿Por qué mentir? ¿Pero crees que voy a enfadarme? Me tiene sin cuidado, il faut que jeunesse se passe. Tú no ibas a despedirle, puesto que fue anterior a mà y le amas. Sólo que supongo no le darás dinero… ¿entiendes?
—Entonces, ¿no estás enfadado? Mais tu es un vrai philosophe, saÃs-tu? —exclamaba entusiasmada—. Eh bien, je t'aimerai, tu verras, tu seras content! En efecto; desde entonces, pareció aficionarse a mÃ; incluso sentir amistad.
Asà transcurrieron nuestros diez últimos dÃas. No vi las étoiles prometidas; pero, desde ciertos puntos de vista, cumplió su palabra.
Además, ella me puso en relación con Hortensia, una mujer extraordinaria en su género y a la que, en nuestro cÃrculo, llamábamos Thérèse philosophe…
No creo que merezca la pena extenderse más en esta parte de mi narración. Ello darÃa pie para otro relato, que no quiero insertar en mis memorias. En el fondo, lo cierto es que deseaba terminar lo más pronto posible. Pero nuestros cien mil francos bastaron, como he dicho, para casi un mes, lo que sinceramente me sorprende.