El Jugador
El Jugador Ochenta mil por lo menos fueron destinados por Blanche a compras; nosotros gastamos más de veinte mil, y… sin embargo hubo bastante. Blanche, que a lo último era casi franca conmigo, o al menos no me mentÃa respecto a ciertas cosas, reconoció que, en todo caso, no tendrÃa yo que pagar las deudas que ella hubiese podido contraer.
—No te he hecho firmar ni facturas, ni pagarés —dijo—, porque te tenÃa lástima. Otra no hubiera dudado en hacerlo y hubieras ido a la cárcel. ¡Ya ves cómo te amo y lo buena que soy! ¡Sólo que esa maldita boda va a costarme un ojo de la cara! Porque, efectivamente, tuvimos boda. Esto ocurrió a fines de nuestro mes y, sin duda, se llevó los restos de mis cien mil francos.
Asà que terminó la cosa —quiero decir nuestro mes y nuestra historia—, presenté la dimisión irrevocable de mi cargo de amante.
Explicaré cómo tuvieron lugar los acontecimientos.
Una semana después de nuestra llegada a ParÃs llegó el general, que se presentó inmediatamente en casa de Blanche, y desde su primera visita se instaló allà casi del todo, aun cuando, a decir verdad, tuviese alquilada una pequeña habitación no sé dónde.