El Jugador
El Jugador Blanche lo acogió alegremente, con exclamaciones y risas y hasta le echó los brazos al cuello. Finalmente, fue ella quien le retuvo y le obligó a acompañarla a todas partes, al bulevar, al teatro, a casa de sus amigos… Tal empleo convenía aún al general; tenía buen tipo y era elegante, estatura casi alta, patillas y bigotes teñidos —había servido en el cuerpo de coraceros—, rostro lleno de facciones pronunciadas. Sus modales eran perfectos. Llevaba el frac maravillosamente. En París lució sus condecoraciones.
Con tal personaje resultaba muy vistoso pasearse por el bulevar.
El bueno del general rebosaba de pura satisfacción. No esperaba tan grata acogida. A su llegada a París se había presentado casi temblando, pensando que Blanche lo rechazaría y expulsaría sin contemplaciones.
El aspecto que tomaron las cosas le encantó y pasó todo aquel mes en un estado de inefable beatitud.
Así seguía aún cuando partí.
Me he enterado después que el día de nuestra partida de Ruletenburg había sufrido por la mañana una especie de ataque. Cayó sin sentido y estuvo casi privado de razón y divagando una semana entera. Lo pusieron en tratamiento, pero un día burló a sus enfermeros, tomó el tren y se vino a París.