El Jugador

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Naturalmente, la acogida de Blanche fue el mejor remedio para él, pero el rastro de su enfermedad subsistió largo tiempo, a pesar de su alegría. Era incapaz de razonar y sostener una conversación un poco seguida, a cada momento pronunciaba la palabra hum, se encogía de hombros… y salía así del paso.

Reía a menudo, con risa nerviosa, enfermiza, cascada. Otras veces permanecía horas enteras sombrío, como la noche, frunciendo sus espesas cejas. Había olvidado muchas cosas, estaba siempre distraído y había contraído la costumbre de hablar solo. Únicamente Blanche podía animarlo. Y en sus accesos de mal humor se retiraba a un rincón. Era que no había visto a Blanche hacía rato o que Blanche se había marchado sin llevárselo o sin mimarlo antes de irse.

No hubiera podido decir lo que quería, y él mismo no se daba cuenta de su tristeza. Al cabo de una hora o dos —noté esto dos o tres veces, cuando Blanche permanecía ausente todo el día, probablemente en casa de Albert— comenzaba de pronto a agitarse, a mirar a todas partes, buscando algo bajo la influencia de un recuerdo, pero como no veía a nadie ni recordaba lo que quería preguntar caía en somnolencia hasta que llegaba Blanche, que alegre, compuesta y sonriente corría a él y le abrazaba.


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