El Jugador

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Pocas veces hacía esto Blanche, pero en cierta ocasión que le prodigó estas caricias se emocionó tanto el general que rompió a llorar.

Desde que el general apareció en nuestra casa, Blanche empezó a ponerse a su favor. Recurrió incluso a la elocuencia; me recordó que le había engañado por mi causa, que era casi su novia, y que habiendo dado su palabra, él había abandonado a su familia, que yo había estado a su servicio y debí tener esto en cuenta. ¿Cómo no me daba vergüenza? Acabé tomando a risa sus frases, y las cosas quedaron así. Al principio se figuraba ella que yo era un imbécil, pero luego, al final, reconoció que tenía buen carácter. Tuve la suerte de ganarme la simpatía de aquella excelente muchacha. Aunque tarde, reconocía sus méritos.

—Eres un hombre bueno e inteligente —me decía en los últimos tiempos— y… y… es lástima que seas tan tonto. ¡Nunca harás fortuna! Un verdadero ruso, un kalmuko.

Algunas veces me hacía sacar de paseo al general, exactamente como un criado lleva a pasear a un faldero. Lo llevé al teatro, al Mabille, a los restaurantes. Blanche me daba dinero para estas salidas, aunque el general tenía también y le gustaba mucho exhibir en público su cartera.


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