El Jugador

El Jugador

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Un día casi tuve que emplear la fuerza para impedirle que comprase un broche que había visto en el Palais Royal y que a toda costa quería ofrecer a Blanche. ¿Qué era para ella un broche de setecientos francos? El general poseía por todo capital un billete de mil francos. No he podido saber nunca de dónde lo sacó. Probablemente se lo había dado Mr. Astley, pues fue éste quien pagó la cuenta del hotel.

Por el modo como me trató el general durante todo ese tiempo tengo la impresión de que ni siquiera sospechaba mis relaciones con Blanche. Aunque vagamente, había oído decir que yo había ganado una considerable cantidad, suponía sin duda que me hallaba en casa de ella en calidad de secretario, o tal vez de criado. Por lo menos continuaba hablándome con altanería, en un tono imperioso, y algunas veces hasta se atrevió a reñirme.

Una mañana, mientras tomábamos el café, nos divirtió mucho a Blanche y a mí. Era hombre poco susceptible. Pero de pronto se ofendió conmigo, ignoro por qué causa. El mismo seguramente lo ignoraba.

En una palabra, hilvanaba un discurso sin pies ni cabeza, à bátons rompus, diciendo que yo era un muchacho, que me tendría que enseñar a vivir… que me haría comprender, etc. Pero nadie pudo entender nada.

Blanche no podía aguantar la risa.


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