El Jugador

El Jugador

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Finalmente le calmamos y le llevamos a dar un paseo.

Muchas veces notaba que se ponía triste, que añoraba algo, que, a pesar de la presencia de Blanche, algo le faltaba.

En estos momentos se confió en dos ocasiones a mí; pero sin poder explicarse claramente, evocó su carrera, sus fincas, su vida conyugal. Entusiasmado con una palabra dicha al azar, la repetía cien veces al día, aunque no expresase por completo sus sentimientos ni sus ideas.

Intenté hablarle de sus hijos, pero él se zafaba y cambiaba rápidamente de conversación: “Sí, sí, los niños, tiene usted razón, los niños.” Una vez tan sólo, un día que fuimos al teatro, exteriorizó cierta emoción.

—Son unos niños desgraciados —me dijo de pronto—; sí, señor, sí, ¡desgraciados niños! Algunas veces, durante la velada, repitió estas mismas palabras.

Quise hablarle de Paulina. Se puso furioso.

—¡Es una ingrata! —exclamó—. ¡Es mala e ingrata! ¡Ha deshonrado a la familia! Si hubiese leyes aquí, la habría hecho entrar en razón. ¡Sí, sí!

Por lo que se refiere a Des Grieux, solamente el oír su nombre le sacaba de quicio.


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