El Jugador
El Jugador La boda se celebró sin fausto, en la intimidad. Alberto y algunos amigos fueron invitados. A Hortensia, Cleopatra y otras no se les permitió asistir a ella. El novio se preocupaba mucho de guardar las apariencias.
La misma Blanche le hizo el nudo de la corbata y le perfumó.
Con frac y chaleco blanco tenía el aspecto muy comme il faut. —Il est pourtant tel comme il faut— me confió Blanche al salir de la habitación del general, como si esta idea le impresionase.
Como no prestaba a todo eso más que una vaga atención, a título de espectador indiferente, he olvidado muchas cosas. Recuerdo únicamente que Blanche y su madre no se llamaban ya de Cominges, sino Du Placet. El porqué ambas habían tomado el nombre de Cominges es cosa que ignoro. Pero el general parecía encantado y prefería el de Du Placet al de Cominges.
En la mañana del día de la boda, ya completamente vestido, iba de un lado a otro del salón, repitiendo con énfasis: “La señorita Blanche Du Placet, Du Placet”, y su rostro reflejaba cierta fatuidad. En la iglesia, en la alcaldía, en su casa, durante la comida, se mostró no sólo alegre y satisfecho, sino también orgulloso. Blanche adoptó también, desde entonces, un aire particularmente digno.