El Jugador
El Jugador —Ahora deberĂ© comportarme de un modo completamente diferente —me dijo con gran dignidad—; pero hay una cosa muy desagradable en la que no habĂa pensado: figĂşrate que ahora no he podido aprender mi nuevo nombre: Zagorianski, Zagorianski. “La señora generala de Zagorianski… Ces diables de noms russes … ! En fin, madame la gĂ©nĂ©rale Ă quatorze consonnes. Comme c’est agrĂ©able, n’est-ce pas?”
Finalmente sonó la hora de la separación, y Blanche, aquella tontuela de Blanche, derramó algunas lágrimas en el momento de los adioses.
—Tu étais bon enfant —me dijo lloriqueando—. Je te croyais bête et tu en avais l’air, pero te sienta bien…
Después del último apretón de manos me gritó de pronto Attends!, corrió al tocador y volvió con dos mil francos. ¡No hubiera esperado jamás eso de ella!