El Jugador
El Jugador Una noche, en Baden, le anuncié que le dejaba. La misma noche fui a la ruleta. ¡Cómo palpitaba mi corazón! ¡No, no era el dinero lo que yo entonces buscaba! Sólo querÃa que al dÃa siguiente todos aquellos Hinze, aquellos oberkellner, todas aquellas bellas damas de Baden hablaran de mÃ, se contaran mi historia unos a otros, me alabaran y se inclinaran ante mi suerte. Sueños y preocupaciones pueriles, pero… ¿quién sabe? Quizás encontrarÃa de nuevo a Paulina, le contarÃa mis aventuras y ella verÃa que me hallo muy por encima de todos esos golpes absurdos del azar… ¡Oh, no! ¡No es el dinero lo que busco!
Estoy seguro de que lo volverÃa a derrochar con cualquier Blanche y —llevarÃa durante tres semanas un tren de dieciséis mil francos. Sé que no soy avaro. Hasta me tengo por pródigo… Sin embargo, con qué emoción oigo la voz del croupier: trente et un, rouge, impair et passe; o: quatre, noir, pair et manque. ¡Qué ávida mirada lanzo sobre el tapete donde están dispersos los luises, los federicos y los talers, sobre los montones de oro cuando se esparcen en cegador brillo bajo la raqueta del croupier, o sobre los cartuchos de monedas dispuestos en torno de la ruleta!
Al acercarme a la sala de juego, cuando oigo sonar las monedas, me siento casi desfallecer.