El Jugador
El Jugador —¡No, oh, no! ¡No soy yo quien le sacó de allÃ! Pero sà sabÃa que estaba usted preso por deudas.
—Entonces, ¿sabe usted quién fue la persona que pagó por m�
—No, no puedo decir que lo sepa.
—Es raro. No me conoce aquà ningún ruso. Además, los rusos de aquà no rescatan a ninguno de los suyos. En Rusia, los ortodoxos rescatan a sus correligionarios. Yo creà que habrÃa sido un inglés original, un excéntrico.
Mr. Astley me escuchaba con cierta sorpresa. Esperaba seguramente encontrarme hosco y abatido.
—Sea lo que sea, estoy muy satisfecho de ver que usted ha conservado toda su independencia de espÃritu e incluso su alegrÃa —dijo en tono bastante desagradable.
—Es decir, que a usted le duele no verme ni abatido ni humillado—repliqué, riendo. No comprendÃa inmediatamente. Luego se rió también.
—No me disgustan sus observaciones. Reconozco en sus palabras al cÃnico, entusiasta e inteligente amigo de antaño. Únicamente los rusos pueden ofrecer tantos contrastes. En efecto, al hombre le gusta ver a su mejor amigo humillado ante él. Es más, la amistad se basa frecuentemente en la humillación.