El Jugador

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—Bien, Mr. Astley. Ser un Apolo de Belvedere y comanditar una refinería no son cosas compatibles, como verá. Por lo que a mí respecta, no soy más que un miserable jugadorzuelo, que no tiene negocios, que ha dejado de hacer de criado, y eso miss Paulina, que tan bien montado tiene su servicio de espionaje, no lo ignora.

—Está usted amargado, y por eso se le ocurren tantos disparates—dijo, flemáticamente, Mr. Astley—. Sus palabras carecen del sello de la originalidad.

—¡De acuerdo! Pero lo triste, amigo mío, es que habla en mí la voz de la verdad. Ni usted ni yo hemos podido conseguir su amor.

—Eso es un disparate, eso es absurdo… es… Sepa —exclamó Mr. Astley, con voz temblorosa y los ojos centelleantes—, sepa usted, hombre ingrato e indigno, desgraciado y mezquino, que he venido a Homburg a petición expresa de ella, a fin de verle, hablarle seriamente, y llevarle luego, a mi vuelta, todas las ideas, las palabras, los recuerdos de usted.

—¿De verdad? ¿Es posible? —exclamé, vertiendo un torrente de lágrimas. Era la primera vez que lloraba en mi vida.


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