El Jugador

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Tengo una corazonada. ¡Me quedan quince luises y en cierta ocasión empecé con quince florines! Si al principio se juega con prudencia… ¿Seré un chiquillo? ¿Es posible? Pero… ¿quién me impide que rehaga mi vida? Con un poco de energía puedo en una hora cambiar mi suerte. Lo principal es tener carácter.

No tengo más que recordar lo que me ocurrió hace siete meses en Ruletenburg antes de perderlo todo.

Fue un ejemplo notable de lo que puede muchas veces la decisión. Lo había perdido absolutamente todo…

Al salir del casino siento que dentro de mi bolsillo se mueve algo. Es un florín. “Ya tengo bastante para comer”, me dije. Pero después de haber andado unos cien pasos cambié de parecer y me volví.

Puse aquel florín en el manque. Verdaderamente se experimenta una sensación singular cuando, solo, en tierra extraña, lejos de la patria y de los amigos, y sin saber si uno podrá comer el mismo día, se arriesga el último florín. Gané, y cuando veinte minutos más tarde salí del casino, me hallaba en posesión de ciento setenta florines. He aquí lo que son las cosas, lo que a veces puede significar el último florín. ¿Y si yo ahora perdiese los ánimos y no me atreviera a tomar nuevas decisiones?

—¡No, no; mañana… ! ¡Mañana todo habrá concluido!


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