El Jugador
El Jugador —Me vería muy apurado si tuviese que explicarlo. Sólo sé que mees preciso ganar y que ésta es mi única tabla de salvación. He aquí, sin duda, la razón de por qué estoy seguro de ganar.
—¿Le es, pues, necesario ganar a toda costa, ya que tiene usted esa seguridad fantástica?
—Apuesto a que me juzga usted incapaz de sentir una necesidad verdadera.
—A mi eso me es indiferente —contestó Paulina—. Si espera usted que le conteste que sí, debo decirle, en efecto, que dudo de que algo importante pueda atormentarle, pero no seriamente. Usted es desordenado e inconstante. ¿Qué necesidad tiene de dinero? Ninguna de las razones que alega es concluyente…
—A propósito —la interrumpí—, dice usted que debe pagar una deuda. Una famosa deuda, sin duda. ¿No será el francés?
—¿Qué significa esa pregunta? ¿Está usted ebrio?
—Usted sabe perfectamente que me permito decirlo todo y preguntar a menudo con la mayor franqueza. Le repito que soy su esclavo. Nadie se avergüenza ante los esclavos y un esclavo no puede ofender.
—¡Todo eso son cuentos! No puedo sufrir esa teoría de la “esclavitud”.