El Jugador
El Jugador —Mis asuntos carecen de interés para usted. Pero si desea saber la verdad, sepa que estoy llena de deudas. He pedido prestado ese dinero y necesito devolverlo. TenÃa la loca esperanza de ganarlo en el tapete verde. ¿Por qué? Lo ignoro, pero lo creÃa. ¡Quién sabe! Quizá porque era la última solución y no cabÃa elegir otra.
—O bien porque era necesario ganar a toda costa. Es exactamente como el que se ahoga y se agarra a una pajita. Convenga usted en que si no se ahogase no se agarrarÃa a una pajita, sino a una tabla—repliqué.
—Pero —dijo asombrada Paulina—, ¿no abrigaba usted la misma esperanza? Hace quince dÃas me habló usted de su seguridad absoluta de ganar aquà a la ruleta y me rogaba que no le tuviese por un insensato. ¿Era una broma suya? Nunca lo hubiera creÃdo, pues usted me hablaba, lo recuerdo, en un tono muy serio.
—Es verdad —contesté—, y tengo todavÃa la convicción de que ganaré… Hasta le confieso que usted acaba de sugerirme una pregunta: ¿Por qué no tengo duda alguna después de haber perdido de un modo tan lamentable? Estoy seguro de ganar en cuando empiece a jugar por mi cuenta.
—¿De dónde saca esa seguridad?