El Jugador
El Jugador —No me rÃo lo más mÃnimo —dijo—. Y le ordeno que se calle inmediatamente.
Se detuvo, sofocada por la cólera. Palabra, ignoro si es bonita, pero me gusta contemplarla cuando se detiene asà ante mÃ, y por eso deseo muchas veces verla enfadada. Posiblemente ella lo habÃa notado y se encolerizaba adrede. Asà se lo dije. —¡Bah, qué ignominia! —exclamó con repugnancia.
—Poco me importa —continué—. Sepa, además, que es peligroso que paseemos juntos. He experimentado muchas veces deseos de pegarla, de desfigurarla, de estrangularla. ¿Cree usted que no me atreverÃa?
Me hace usted perder la razón. ¿Imagina que temo el escándalo? ¿El enojo de usted? ¡Qué me importan a mà el escándalo y su enojo! La amo sin esperanza y sé que luego la amarÃa mucho más. Si la mato, tendré que matarme yo también. Pues bien, me mataré lo más tarde posible, a fin de sentir lejos de usted ese dolor intolerable. ¿Quiere saber una cosa increÃble? La amo cada dÃa más, lo que es casi imposible.
¿Y después de esto quiere que no sea fatalista? Recuerde lo que le dije anteayer, en Schlangenberg, cuando me retó: “Diga una sola palabra y me arrojo al abismo. “ Si hubiese dicho esa palabra, me hubiera precipitado en él. ¿Puede usted dudar de ello?
—¡Qué estúpida charla! —exclamó.