El Jugador
El Jugador —Estúpida o no, nada me importa. En su presencia tengo necesidad de hablar, de hablar sin tregua… y habló. En su presencia pierdo todo amor propio y me da todo igual.
—¿Por qué iba yo a obligarle a precipitarse de lo alto del Schlangenberg? —interrumpió ella en tono singularmente hiriente—. ¿Qué utilidad sacaría yo con eso?
—¡Magnífico! —exclamé—. Usted ha pronunciado, intencionadamente, la palabra “inútil” a fin de aplastarme.
Leo en su alma. ¿Es inútil, dice usted? El placer es siempre útil y un poder despótico, sin límites —aunque ejercido sobre una mosca—, es también una especie de placer. El hombre es déspota por naturaleza.
Le gusta hacer sufrir. A usted le gusta eso enormemente.
Recuerdo que me examinaba con reconcentrada atención. Mi fisonomía debía reflejar todas mis sensaciones incoherentes y absurdas. Nuestra conversación se desarrolló casi según acabo de referirla.