El Jugador

El Jugador

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Mis ojos estaban inyectados en sangre. Tenía la boca seca y espuma en los labios. Y en lo que se refiere al Schlangenberg, lo juro, aun ahora, que si ella me hubiese ordenado arrojarme de cabeza, lo habría hecho inmediatamente y aunque lo hubiese dicho únicamente por broma, con desprecio, escupiéndome además, me hubiera lanzado también.

—¿Por qué no he de creerle? —preguntó con aquel tono de desprecio, el tono de que ella solamente es capaz. Y este tono es tan sarcástico, tan arrogante, que, en aquel momento, con gusto la hubiera matado. Corría un gran riesgo y yo no mentía al decírselo.

—¿No es usted cobarde? —me preguntó bruscamente.

—No lo sé. Todo es posible. Hace mucho tiempo que no he pensado en eso.

—Si yo le dijera: “Mate usted a ese hombre”, ¿lo mataría?

—¿A quién?

—A quien yo le dijera.

—¿Al francés?

—No me interrogue. Conteste. Al que yo designaría. Quiero saber si usted me hablaba formalmente hace un momento.

Esperaba mi respuesta con una seriedad y una impaciencia que me parecieron extrañas.


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