El Jugador
El Jugador —¿Me dirá usted de una vez lo que pasa —exclamé—. ¿Tiene usted miedo de mÃ, acaso? Veo perfectamente el lÃo que reina aquÃ. Usted es la cuñada de un hombre arruinado, de un chiflado consumido por la pasión hacia ese demonio de Blanche. Luego hay ese francés y su misteriosa influencia sobre usted. ¡Y ahora me hace una proposición tremenda! Que sepa al menos de qué se trata. Si no, voy a perder la razón y cometer una barbaridad. Pero ¿puede usted sentir vergüenza de mÃ?
—No se trata de eso. Le he hecho una pregunta y espero.
—Perfectamente —exclamé—; a quienquiera que me señale, le mataré… Pero ¿acaso podrÃa usted ordenarme eso?
—¿Cree usted que he de tener lástima? Ordenaré y permaneceré al margen. ¿Lo soportarÃa usted?
¡Pero no, no es usted un hombre bastante fuerte para eso! Usted matarÃa sin duda por orden mÃa, pero luego vendrÃa a matarme a mÃ, por haberme atrevido a mandarle.
Al oÃr estas palabras sentà una conmoción. Creà que su proposición era una broma, un reto. Pero habÃa hablado con demasiada seriedad.