El Jugador
El Jugador Está estupefacto de que se hubiese expresado así, de que conservase sobre mí un imperio semejante, hasta el extremo de decirme claramente: “Corre a tu pérdida, mientras yo permaneceré aquí muy tranquila. “ Había en sus palabras un cinismo y una franqueza a mi parecer excesivos. ¿Pero cómo se comportaría después conmigo? Esto rebasaba los límites del envilecimiento y de la esclavitud. Y por absurda e increíble que fuese toda nuestra conversación, mi corazón se estremecía.
De pronto se echó a reír. Estábamos a la sazón sentados en un banco, delante de los niños que jugaban frente al lugar en que los coches se detenían y dejaban al público en la avenida que precede al casino.
—¿Ve usted a esa señora gorda? —exclamó Paulina—. Es la baronesa Wurmenheim. Se halla aquí desde hace tres días. Mire usted a su marido; ese prusiano alto y seco con un bastón en la mano. ¿Recuerda cómo nos miraba anteayer? Vaya inmediatamente a su encuentro, aborde a la baronesa, quítese el sombrero y dígale algo en francés.
—¿Por qué?