El Jugador
El Jugador —Juraba usted hace un instante que se arrojarÃa de cabeza desde el Schlangenberg, se declaraba dispuesto a matar a una orden mÃa. En lugar de esos asesinatos y de esas tragedias quiero únicamente reÃrme. Obedézcame sin discutir. Quiero ver cómo le apalea el barón.
—¿Me reta usted? ¿Cree que no soy capaz de hacerlo?
—SÃ, le reto. Vaya, ¡lo quiero!
—Sea, voy, aunque se trate de un capricho salvaje. Con tal que esto no sea perjudicial para el general y para usted. Palabra, no me inquieto por mà sino por usted y por el general. ¡Qué idea la de ir, por puro capricho, a ofender a una señora!
—Usted no es más que un charlatán, por lo que veo —dijo con desprecio—. Los ojos de usted estaban inyectados en sangre hace un momento… Esto quizá fuera, sencillamente, el resultado de sus liberaciones durante la comida… SÃ, es una cosa absurda y vulgar y el general se enfadará. Lo comprendo perfectamente, créalo, pero tengo ganas de reÃr. Lo quiero, y esto debe bastarle. ¿Por qué habla de ofender a una señora? Antes le apalearÃan a usted muy pronto.