El Jugador
El Jugador —Preferiría, mi general, verle abordar directamente la cuestión —le dije—. Usted quiere hablar, sin duda, de mi encuentro de hoy con un alemán.
—¿Con un alemán? ¡Ese alemán… es el barón Wurmenheim, y es un importante personaje! Se ha portado usted groseramente con él y la baronesa.
—De ninguna manera.
—¡Usted les ha asustado, señor! —gritó el general.
—Nada hay de eso. Desde Berlín tenía las orejas atiborradas de ese “Ja wohl!” constantemente repetido de un modo tan antipático. Al encontrarles en la avenida aquel “Ja wohl!” no sé por qué me vino a la memoria y tuvo el don de crisparme los nervios. Además, la baronesa, a quien he encontrado ya tres veces, tiene la costumbre de andar directamente hacia mí como si yo fuera un gusano al que se quiere aplastar con el pie; convenga conmigo en que yo puedo tener también mi amor propio. Me descubrí, diciendo muy cortésmente —le aseguro a usted que cortésmente—: “Madame, j'ai l'honneur d'étre votre esclave”. Cuando el barón se volvió, diciendo “Hein!”, me sentí incitado a gritar inmediatamente: “Ja wohl!”. Lancé dos veces esta exclamación, la primera con mi voz ordinaria y la segunda con toda la fuerza de mis pulmones. Eso es todo.