El Jugador
El Jugador Le objeté en tono muy tranquilo que se equivocaba, que el barón no me echarÃa con malos modos, sino que, por el contrario, era muy posible que me escuchase.
—Vamos —añad×, confiese que usted ha venido para enterarse de lo que voy a hacer.
—¡Dios mÃo!, puesto que el general se interesa tanto por esa historia, naturalmente, le gustarÃa mucho saber que ha cambiado usted de intención. ¡Es tan natural!
Empecé a darle explicaciones y exponerle mis planes, y él me escuchaba, arrellanado en un sillón, la cabeza ligeramente inclinada hacia mÃ, con un poco de ironÃa no disimulada. En suma, afectaba aires de superioridad. Me esforcé en simular que consideraba ese asunto con la mayor seriedad. Añadà que al quejarse de mà al general, como si fuera su criado, el barón me habÃa hecho perder mi colocación, y, en segundo lugar, me habÃa tratado como a un individuo incapaz de responder de sus actos por sà mismo, como si fuese un ser despreciable.