Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Mira, Vania, si hay algo que no puedo soportar —dijo, rompiendo un incómodo silencio, bastante prolongado—, es ver a esas criaturas inocentes temblando de frÃo en la calle… por culpa de sus malditos padres. Aunque, bien mirado, ¿qué madre enviarÃa a una niña como ésa a semejante horror sin ser ella misma una desgraciada? Seguro que la madre está enferma y tiene otros pequeños en el rincón en el que vive, y ésta debe de ser la mayor y… ¡Hum! ¡No son los hijos de ningún prÃncipe! ¡Hay muchos en el mundo, Vania… que no son los hijos de ningún prÃncipe! ¡Hum! —Se calló por unos instantes, como si no supiera qué añadir—. Oye, Vania, le he prometido a Anna Andréievna… —siguió diciendo de manera un tanto embrollada y confusa—, le he prometido… es decir, hemos acordado Anna Andréievna y yo adoptar una huerfanita para criarla… una cualquiera; que sea pobre y pequeña, claro está, para llevarla a casa, para siempre, ¿comprendes? Porque este par de viejos ya está aburrido de tanta soledad. ¡Hum! Sólo que Anna Andréievna ha empezado a ponerme algunas objeciones. Asà que habla tú con ella, no de mi parte, claro, sino como cosa tuya… Hazla entrar en razón, ¿entiendes? Hace mucho que te lo querÃa pedir… a ver si la convences; es que a mà me cuesta insistirle… Pero ¿para qué seguir hablando de estas cosas? ¿Qué falta me hace a mà una niña? No me hace ninguna falta; si acaso, como consuelo… para poder oÃr una voz infantil… pero, sobre todo, a decir verdad, lo hago por mi mujer; siempre estará más distraÃda que si sigue sola conmigo. ¡Pero esto no son más que bobadas! Oye, Vania, asà tardamos mucho: vamos a coger un coche; hay un buen trecho y Anna Andréievna nos está esperando…