Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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Era una niña pequeña y flacucha, de unos siete u ocho años a lo sumo, vestida con sucios andrajos; llevaba los piececitos desnudos en unos zapatos agujereados. Tiritando de frío, trataba de cubrir su frágil cuerpecillo con algo que recordaba a una bata diminuta, que se le había quedado pequeña hacía ya mucho tiempo. Tenía vuelta hacia nosotros su cara demacrada, pálida y lastimosa; nos miraba tímidamente, sin decir nada, y con una especie de resignado miedo al desaire nos tendía su mano temblorosa. Al verla, el viejo se estremeció y se volvió hacia ella con tanta rapidez que la asustó. La niña dio un respingo y se apartó.

—¿Qué quieres, niña? —gritó—. ¿Qué? ¿Pides limosna, verdad? Toma, para ti… ¡Anda, toma!

Alterado, temblando de emoción, empezó a hurgarse en el bolsillo y sacó dos o tres monedas de plata. Pero al anciano le pareció poco; sacó el monedero, extrajo de él un billete de un rublo —todo cuanto había— y puso el dinero en la mano de la pequeña mendiga.

—¡Que Cristo te ampare, pequeña… hija mía! ¡Que el ángel del Señor esté contigo!

Y con su mano temblorosa hizo varias veces la señal de la cruz sobre la pobrecilla; pero, de repente, al caer en la cuenta de que yo estaba mirándole, frunció el ceño y reanudó la marcha con paso rápido.


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