Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Con un gesto rápido y espontáneo me señaló la brumosa perspectiva de la calle, débilmente iluminada por las farolas que refulgían entre la húmeda niebla: las sucias casas, las baldosas de las aceras, empapadas y relucientes, los malhumorados y taciturnos transeúntes calados hasta los huesos; me señaló todo aquel cuadro coronado por la bóveda, negra como la tinta, del cielo de San Petersburgo. Llegábamos ya a la plaza; ante nosotros, en mitad de las tinieblas, se alzaba el monumento[28], alumbrado en su parte inferior por faroles de gas, y un poco más allá la enorme y oscura mole de la catedral de San Isaac, que destacaba vagamente sobre el lóbrego fondo del cielo.
—Solías decir, Vania, que era un hombre bueno, magnánimo, simpático, con sentimientos, con corazón. ¡Bueno, así son todos esos hombres con corazón, esos hombres simpáticos! Lo único que saben hacer es multiplicar el número de huérfanos. ¡Hum! ¡Me figuro que hasta morirse le resultaría divertido…! ¡Ay! ¡Con tal de marcharse de aquí, cualquier sitio está bien, aunque sea Siberia! ¿Qué quieres, niña? —preguntó de pronto, al ver en la acera a una chiquilla que pedía limosna.