Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡Hum! ¡Ahà tienes tu literatura, Vania! —gritó casi con rabia—. ¡Te ha llevado hasta una buhardilla y acabará llevándote al cementerio! ¡Te lo dije entonces, te lo vaticiné! Y ese tal B., ¿sigue escribiendo crÃticas?
—Pero si está muerto; murió de tuberculosis. Creo que ya se lo conté.
—¡Muerto! ¡Hum! ¡Está muerto! Claro, es lógico. ¿Y dejó algo a su mujer y a sus hijos? Porque me dijiste que estaba casado, ¿no? ¡Para qué se casará esa gente!
—No, no dejó nada —respondÃ.
—¡Ya lo ves! —exclamó tan acalorado como si el asunto le concerniera o le afectara a él personalmente, como si el difunto B. fuera su propio hermano—. ¡Nada! ¡Nada de nada! Pues debes saber, Vania, que yo ya tenÃa el presentimiento de que iba a acabar asà cuando tú no parabas de colmarlo de elogios, acuérdate. Se dice pronto: ¡no ha dejado nada! ¡Hum! ¡Se ha ganado la gloria! Pues por mucho que se haya ganado la gloria imperecedera, eso no da de comer. Yo, hermano, también presentÃa lo que te iba a pasar a ti, Vania; te elogiaba, pero en mi fuero interno lo presentÃa. ¡Conque murió B.! ¡Cómo no iba a morir! La vida es hermosa… y también este sitio, ¡fÃjate!