Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —¡SÃ, eso está muy bien! Hum… ya lo sabes, Vania, para nosotros siempre has sido como un hijo; Dios no nos ha bendecido a Anna Andréievna y a mÃ… con un hijo… pero te envió a ti; eso es lo que siempre he creÃdo. Y también mi mujer… ¡SÃ! Y tú en todo momento nos has tratado con respeto y cariño, como un hijo agradecido, como un hijo carnal. Que Dios te bendiga por ello, Vania, como esta pareja de ancianos te bendice y te aprecia… ¡SÃ! —Le temblaba la voz; hizo una breve pausa—. Bueno… ¿y tú qué? ¿No habrás estado enfermo? ¿Cómo es que llevas tanto tiempo sin venir a vernos?
Le conté la historia de Smith, y me excusé diciéndole que todo aquel asunto con el anciano me habÃa tenido ocupado, que además habÃa estado a punto de caer enfermo y que, con tantas cosas que hacer, me resultaba difÃcil ir hasta la isla VasÃlievski (allà vivÃan ellos por aquel entonces). Poco faltó para que se me escapara que, a pesar de todo, habÃa tenido ocasión de visitar a Natasha, pero me contuve a tiempo.
Al viejo le interesó mucho la historia de Smith. Empezó a prestar más atención. Al enterarse de que mi nuevo piso era húmedo y acaso peor que el anterior, aunque sólo costaba seis rublos al mes, se indignó. En general, se habÃa vuelto especialmente brusco e impaciente. Tan sólo Anna Andréievna sabÃa cómo tratarlo en ciertos momentos, y no siempre.