Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos —Bien, está bien… Aunque un poco achacosa. Y está algo tristona… Antes se ha acordado de ti: se preguntaba por qué no venÃas a vernos. A lo mejor en este momento te dirigÃas a nuestra casa. O puede que no. ¿Igual tenÃas algo que hacer y te estoy entreteniendo? —preguntó de repente, mirándome con suspicacia y desconfianza. El viejo Ijménev, siempre aprensivo, se habÃa vuelto hasta tal punto sensible e irascible que, de haberle contestado en aquel momento que no me dirigÃa a su casa, a buen seguro se habrÃa ofendido y se habrÃa despedido de mà frÃamente. Me apresuré a decirle que, efectivamente, iba a ver a Anna Andréievna, aunque sabÃa que aquello me retrasarÃa o que ni siquiera me dejarÃa tiempo para pasarme por casa de Natasha.
—Estupendo —dijo el viejo, totalmente tranquilizado con mi respuesta—, eso está muy bien… —De pronto se calló y se quedó pensativo, como si le quedara algo por decir.
Al cabo de unos cinco minutos, como despertando de un profundo sueño, repitió maquinalmente: