Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Le miré de reojo: tenía cara de enfermo; en los últimos tiempos había adelgazado mucho; llevaba una semana sin afeitarse. Los cabellos, completamente blancos ya, asomaban en desorden por debajo del chafado sombrero, cayéndole en largas greñas sobre el cuello de su viejo y raído abrigo. Yo ya había advertido anteriormente que en algunos momentos se le olvidaban las cosas; se le olvidaba, por ejemplo, que no estaba solo en la habitación, y se ponía a hablar consigo mismo y a gesticular con las manos. Daba pena verle.
—Bueno, Vania, ¿qué tal? —comenzó a preguntar—. ¿Adónde ibas? Yo, hermano, he salido; unos asuntos. ¿Estás bien de salud?
—¿Y usted? —le respondí—. Ha estado enfermo hace nada, y ya sale a la calle.
El viejo no contestaba, como si no me hubiera oído.
—¿Cómo está Anna Andréievna?