Humillados y ofendidos

Humillados y ofendidos

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XI

Acababa de poner los pies en la embarrada y empapada acera de la avenida cuando me topé con un transeúnte que caminaba a buen paso, con la cabeza gacha, aparentemente ensimismado. Para mayor sorpresa mía, vi que se trataba del viejo Ijménev. Aquélla era para mí una noche de encuentros inesperados. Sabía que había sufrido una indisposición grave unos tres días antes, y de pronto me lo encontraba en la calle con aquella humedad. Además, nunca había salido mucho de noche y, desde que se marchó Natasha, es decir, desde hacía casi ya medio año, se había vuelto muy casero. Se alegró extraordinariamente al verme, como quien encuentra por fin a ese amigo con el que puede compartir sus pensamientos; me estrechó la mano, la apretó efusivamente y, sin preguntarme adónde iba, me arrastró consigo. Se le veía inquieto por alguna razón, precipitado y brusco. «¿Adónde irá?», me dije. Habría sido inútil preguntarle; se había vuelto terriblemente aprensivo y a veces en la más simple pregunta u observación veía una insinuación insultante, una ofensa.





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