Humillados y ofendidos
Humillados y ofendidos Pero no pude acabar la frase. La niña soltó un grito, como si la hubiera asustado que yo supiera dónde vivía, me empujó con su manita delgaducha y huesuda y echó a correr escaleras abajo. Fui tras ella; aún se oían abajo sus pasos. De repente, los pasos cesaron… Cuando salí a la calle, ya no estaba. Me acerqué corriendo hasta la avenida Voznesenski, y allí comprendí que mi búsqueda era inútil: la niña había desaparecido. «Probablemente se escondiera de mí en alguna parte —pensé— mientras bajaba por las escaleras».